«Este librito, concebido como un interesado homenaje a André Gide, pretende reivindicar ―frente a los dogmatismos y los crueles gobiernos que han hecho de la economía una ideología conservadora― su muy plural figura no sólo como un clásico europeo, sino como un hombre que con singular captación de la modernidad, supo siempre cuestionarse todo lo que le impedía la realización de sí mismo… Gide buscó con pasión la libertad individual, porque entendió que sólo ésta puede ser la base sólida de una necesaria libertad colectiva. Gide no es por tanto el pasado sino que debiera ya ser el presente y si todo no va muy mal, sin duda será el futuro más claro. A ese Gide busco homenajear y explicar de cara a un tiempo más luminoso. Gide puede bien ser el futuro.»
Con testimonios de Oscar Wilde, Marcel Proust, Maurice Sachs, Klaus Mann, Pierre Herbart, Lucien Combelle y Luis Cernuda
En las últimas semanas he leído dos novelas francesas muy unidas por el referente común del estilo de las primeras películas de la "Nouvelle Vague". Son Un año ajetreado, de Anne Wiazemsky (Anagrama), y Un circo pasa, dePatrick Modiano, publicada en 1992 e inédita entre nosotros hasta que Cabaret Voltaire la ha rescatado con excelente traducción de Adoración Elvira Rodríguez.
Protagonistas jóvenes, envueltos en una historia de amor con diferentes dosis de riesgo, en un París sesentero -pisos, calles, cafés, restaurantes, cines- visto con una mirada documental. Ambos libros, pese a esa vinculación con el cine francés de principios de los 60, son plenamente literarios. Con un tono más fresco el de Wiazemsky y, sin perder la aparente frescura, con una laboriosa y magistral elaboración el de Modiano.
Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) tuvo una fulgurante revelación, a los 23 años, con su primera novela, El lugar de la estrella (1968) -en Un circo pasa vuelve a aparecer la Place de l'Étoile-, y, con persistencia sin errores, ha llegado a ser -con Pierre Michon, quizás- el más importante novelista francés de su generación y uno de los mejores escritores europeos del momento.
Un circo pasa está a punto de ser una novela policíaca -incluso tal vez lo sea-, pues las peripecias que cuenta -en las que se convoca de pasada al escritor de novela negra Chester Himes- aparecen inmersas en un tejido argumental inequívocamente criminal. Sin embargo, el misterio, las mentiras y los secretos - pese a hechos, citas y personajes sospechosos, pese a la presencia de presuntos policías- dejan fuera de campo, no hacen visible para el narrador -ni para el lector- los más que probables acontecimientos criminales que rodean el periplo de sus dos principales protagonistas.
Un chico de 18 años conoce a una chica que dice tener 21 y se enreda con ella en una historia de amor constantemente amenazada por otros personajes que, como la chica misma, están inmersos, a no dudar, en alguna clase de actividad delictiva que no llegaremos a conocer en su más concreta realidad.
Con frases cortas -marca de la casa- y con descripciones tan minuciosas como breves, Modiano nos hace acompañar en sus correrías peligrosas a estos dos muchachos, dando vida a un mapa de París habitado por extraños, incógnitos y turbios personajes, mientras nos narra una efímera historia de amor -¿y de engaño?- entre dos jóvenes perdidos y también perdedores, atados por una voluntad improvisada de darse un destino que les salve de un naufragio seguro.
Con resonancias autobiográficas -la ausencia de los padres del chico-, Modiano amaga contar, como hace Wiazemsky, una historia de iniciación a la vida o, si se quiere, de paso a la madurez, intervenida por las circunstancias de una trama y de una intriga criminales que, por el arte de la elusión, no llega a materializarse en su plenitud, sino a insinuarse, con la suficiente fuerza, sin embargo, como para retener e incentivar nuestra atención hasta el final. La estrategia de la elusión también gobierna, en cierto modo, la propia historia de amor, que sugiere y esquiva las escenas de sexo. Es una pieza elegante y magistral, una pequeña obra maestra de la creación de climas y atmósferas ambiguas, aunque siempre inquietantes.
En un momento dado, el chico se refiere a la huidiza muchacha con estas palabras: "Me preguntaba si debía creerla. Sus explicaciones me parecían excesivas e incompletas a un tiempo, como si ocultara la verdad tras una profusión de detalles".
La verdad, ciertamente, se oculta muchas veces tras una profusión de detalles. Modiano, tal vez, se esté refiriendo a su propia novela, abundante en datos, pero deliberadamente incompleta para que el lector pueda especular sobre la parte de la realidad que se nos hurta. ¿O quizás está hablando Modiano de la literatura en general, que, si es grande, siempre esconde más de lo que muestra?
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Después de "Barrio perdido" Cabaret Voltaire publica otra de las grandes novelas del autor aún inédita en castellano.
«Al llegar a la Place du Châtelet insistió en coger el metro. Era hora punta. Estábamos apretujados contra la puerta. En cada parada, los que bajaban nos sacaban a empujones al andén. Luego, volvíamos al vagón con los nuevos viajeros. Ella apoyaba la cabeza contra mi hombro y me dijo sonriendo que “nadie podría encontrarnos entre aquella multitud”.
En Gare-du-Nord nos vimos arrastrados por el aluvión de pasajeros que afluía hacia los trenes de cercanías. Cruzamos el hall de la estación. En la sala de consignas automáticas abrió una taquilla y sacó una maleta de cuero negro.
Le cogí la maleta, bastante pesada por cierto. Pensé que debía contener algo más que ropa.»
La literatura escrita desde la autenticidad y, por qué no decirlo, desde el dolor, siempre acaba imponiéndose. Cuando es muy personal y de estilo muy marcado, necesita tiempo. Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) va viendo cómo sus libros calan en los lectores en español. Los últimos años han aparecido Villa triste, Calle de las tiendas oscuras y la llamada Trilogía de la ocupación, que recoge sus primeros títulos. En casi todas estas novelas el escenario es París. Una ciudad convertida en complejo personaje literario, con sus esquinas, sus barrios y sus plazas que corresponden a las emociones, las dudas, los heroicos fracasos del narrador. El París de Modiano late, sufre, recuerda. Es el negativo de la ville lumière de Victor Hugo. Una encrucijada de mínimos complots y desencuentros que revelan la rotunda categoría de las sombras, su poderosa huella dejada en la memoria como un estigma. Sus personajes, incluso los más velados y tenues, se imponen a la imaginación del lector con la impronta de los sueños. Y la atmósfera, el halo que rodea como una tela de araña sus historias, se enseñorea del argumento, de los personajes, para acabar siendo la final sustancia de su literatura, en una pirueta narrativa que viene de Kafka.
La escritura de Modiano tiene la sencillez de lo que se ha trabajado como un mármol hasta que no queda ni un mero arañazo de uña, sino el brillo sedoso de la frialdad, una frialdad a veces de morgue. Su primera persona es lacónica, habla entre líneas, se expresa mediante silencios. Y el lector, rechazado como un intruso al principio, va entrando poco a poco, como si hubiera de acostumbrar los ojos a unas imágenes que al principio parecen abstractas. Y son muy concretas. El escritor francés sabe siempre en qué órgano preciso de París sucede el dolor. Barrio perdido, novela de 1984, nos transporta a un apartamento de la place de l’Alma. Estamos esperando a que Carmen Blin se despierte. Aquí el narrador es un escritor de novela negra, Ambrose Guise, que regresa a París después de veinte años de ausencia. Es un julio muy caluroso, la ciudad le parece desierta y minúscula. Ni él sabe que ha venido para rastrear la sombra del joven que fue y la de quienes veía antes de que un crimen le hiciera huir a Inglaterra. Entonces se llamaba Jean Dekker. Y frecuentaba a la lánguida Carmen, a la fiel Guita, al abogado Rocroy. Así como al actor retirado Georges Maillot y los animosos Hayward, que desde la Rue Rodin movían al grupo como si fueran marionetas en su automóvil.
Guita sale de viaje y le deja las llaves de su casa, donde vivía con Rocroy. Allí Dekker se enfrenta al pasado, es decir, pasa al otro lado del espejo. Y ese lado, inseguro, en apariencia absurdo, intrascendente, tiene las claves extraviadas de su propia identidad. A través de Tintín, un operario de cine que persigue cada noche un auto en el que iría el desaparecido Maillot, entra en ese mundo que creía ido pero que sigue ahí. “Inicié mi vida con una salida en falso”, escribe. Ya ha sido engullido de nuevo por esa salida, que puede borrar de un plumazo veinte años de próspera identidad como autor y padre de familia.
A partir de ahí, entramos en el mundo Modiano. Un lugar donde nadie puede “estar”, pero al mismo tiempo nadie tiene permiso para salir. Una trampa de la vida y la literatura. Esperamos que Carmen se despierte, guardada por el celoso mayordomo, o que vuelva de una noche interminable. Recorremos una vez y otra, bajo la luz de las farolas, la avenida del Presidente Wilson, la avenida Montaigne, la Place de l’Alma, la Course de la Reine. Todo un barrio perdido, nocturno, desierto salvo por esos personajes. Sin ellos, sin la golpeada novia de Ludo, la vida de Dekker no existe. Una vez recobrado el barrio perdido, la morfina de la memoria, uno puede olvidarse de todo.
Patrick Modiano es el escritor del desamparo. Sus personajes buscan el calor humano que el pasado les negó y a él se aferran como lapas, intentando incluso para ello, como el narrador de Un pedigrí, una obra autobiográfica, “hallarle un misterio a aquello que no tenía ninguno”.
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